Me ha enamorado con su indiferencia, su seguridad en si misma, y porque no hace la pelota a nadie.

 

Fuerteventura no ha tenido que empeñarse mucho en cortejarme: le han bastado 6 días entre noviembre y diciembre, algunos también nublados y indudablemente ventosos, para enamorarme extremadamente.

Y no hablo de un flechazo, una infatuación pasajera; de esta isla me he enamorada de modo maduro, consciente e irresistible.

Me ha enamorado con su indiferencia, su seguridad en si misma, y porque no hace la pelota al turismo de masa.

La quiero por su capacidad de asombrarme con paisajes diferentes y preciosos, y por su ternura cuando decide ofrecerse a mi en días límpidos y llenos de luz.

AMOR INCONDICIONAL

Ya desde el primer día, he entendido que para quererla tengo que aceptarla tal como es, también cuando se despierta con malaleche y me echa en cara su viento, que me impide hasta abrir la puerta del coche, o sus olas altas y sus corrientes, que me desafían mientras nado, o su arena que se mete en todo sitio y a veces no logro tampoco sacarla bajo la ducha. La paradoja es que estos sus «caprichos» de primadonna aún más la hacen atractiva a mis ojos.

 

AMOR PARA POCOS

Muchos me dijeron:

«Fuerteventura no tiene compromisos. O la quieres y no puedes prescindir de ella, o la detestas y no querrás volver aquí».

Estoy plenamente de acuerdo: no es una isla para todos.

Quien se espera establecimientos balneario con sombrillas infinitas y bar abiertas 24 horas sobre 24, dónde animadores turísticos te empujan a hacer acquagym, quién quiere tumbarse sobre hamacas de lujo, comiendo pastas, paladeando cocktails y bailando día y noche, no estará  a gusto a Fuerteventura.

Quien detesta arena y viento, quién quiere hacer compras en centros comerciales infinitos, quién no quiere salir de la urbanización turística, no agradecerá esta isla y su viento, y tampoco volverá aquí.

Al contrario los amantes del deporte, de la naturaleza, las personas capaces de apreciar panoramas impresionantes de incomparable belleza, playas dónde practicar infinitas actividades deportivas, los curiosos dispuestos a probar sabrosas comidas autóctonas a base de queso de cabra, carne y pez a la parrilla, se enamoraran de Fuerteventura y volverán muchas veces.

CELOSA

Como muchas enamoradas soy celosa, diría visceralmente celosa.

Llego a enfadarme cuando oigo personas denigrando a mi amada, o veo otros faltándole el respeto ensuciándola y contaminándola.

No soporto quien la humilla, la maltrata con actitudes estúpidas como echar una colilla de cigarrillo en playa.

Sufro pensando en cuantas personas cada día cumplan estos gestos inciviles, cuyo consecuencias negativas muchas veces sobrevivirán a quién los ha cumplido.

Confío en la fuerza de la naturaleza, en su paciencia, en su sabiduría; sé que será capaz de derrotar, superar y perdonar el incivismo humano.

Después de todo el planeta tierra ya ha superado bombardeos de meteoritos, tempestades solares, glaciaciones, erupciones volcánicas, tsunami, chapas tectónicas en movimiento; ha asistido a la extinción de numerosas especies animales, algunas también aparentemente más fuerte y potente de los seres humanos.

Dejémosle su tiempo, ella sabe cómo y cosa hacer por su bien.

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